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“Sentí pavor al darme cuenta de que había personas capaces de actuar de esa manera”

Mi nombre es Mirella y tengo 20 años.

Soy estudiante de la pedagógica y con frecuencia tomo el transmilenio para ir a la universidad. Quiero contar lo que me sucedió hace unos seis meses, por más que me vuelva a generar angustia el solo recordarlo.

Estaba en el transmilenio en plena hora pico. Como de costumbre, no había nada de espacio. Yo estaba vestida normal, con jeans y un abrigo corto que me llegaba a la cintura. Nada del otro mundo. En eso, empecé a sentir una sensación extraña en la nalga, no era el roce usual de estar pegada contra otras personas. Se sentía raro, intencional. Miré hacia atrás y vi que había un hombre de unos 40 años, bien vestido, con traje y corbata. Nunca me había pasado nada parecido, así que quise darle a este señor el beneficio de la duda, y me moví lo suficiente como para que me dejara de rozar.

A los pocos minutos, otra vez estaba detrás mío. Esta vez sí pude sentir que él tenía la palma de la mano abierta contra mi nalga. Podía sentir los dedos, aunque no los movía. Fui tan ilusa que pensé que no lo estaba haciendo a propósito, pensé que era mi imaginación. Creo que en el fondo prefería negar lo que me estaba pasando para evitar la escena desagradable de tener que enfrentar una situación de este tipo. Para estar segura, me di vuelta y lo miré a los ojos, a ver qué pasaba. En eso el “señor” me susurró: “todas las nalgas deberían ser así de firmes como la tuya”.

En ese momento sentí mucho miedo, sí, sentí pavor al darme cuenta de que había personas capaces de actuar de esa manera. Quería decir algo, pero sentía que no tenía voz, que no podía emitir sonidos… Traté de convencerme de que nada había pasado y me bajé en la parada siguiente, aunque no era mi parada. El tipo siguió en el bus, como si nada. Cuando el bus se fue, sin darme cuenta, empecé a llorar desconsoladamente. Muchas de las personas que esperaban los buses me miraban como si estuviera loca, otras miraban para otro lado. En un momento dado, una señora de unos 60 años se me acercó y me preguntó si estaba bien. Me puse a llorar más fuerte aun, pero conseguí explicarle lo que me había sucedido. La señora, cuyo nombre desconozco, me tomó de la mano y dijo algo que no recuerdo que incluía las palabras “desgraciados” y “malparidos”. Luego me preguntó a dónde iba y me animó para que me subiera al próximo bus. Ojalá esa señora algún día lea este testimonio y sepa lo mucho que significó para mí el apoyo que me brindó en ese momento tan triste.

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“Empecé a gritar que me estaban tocando…”

Por Lorena

Iba en un bus super lleno de TransMilenio, yendo de vuelta para mi apartamento, a eso de las 5 y media p.m. No me pude sentar porque no había ninguna silla libre, ni tampoco pude llegar hacia el centro en donde es posible que haya más espacio para uno, entonces me tocó quedarme cerca de la puerta, rodeada de un montón de hombres. De repente empecé a sentir que me cogían la cola, pero pensé que por lo que había tanta gente era un simple roce. Me moví un poco hacia donde pude, pero luego me empezaron otra vez a molestar, a tocarme. Me molesté mucho, me puse super brava y me dio tanta rabia que comencé a gritar que eran unos atrevidos, asquerosos y que me estaban tocando! Entonces la gente empezó a voltear a mirar y unas personas empezaron a gritar: “atrevidos!”, “se aprovechan que va lleno el bus para hacer porquerías…”. En ese momento noté que uno de los hombres que estaba a mí alrededor se puso nervioso. No recuerdo bien cómo iba vestido ni cómo era, pero sí recuerdo que era un señor de edad. A pesar de que se puso nervioso no quise enfrentarlo. E sentimiento fue de impotencia…

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“Miren lo que les tengo aqui…”

Por Paola

Hace un tiempo iba con la hermana menor de mi mejor amiga, caminando por el andén hacia su apartamento en el barrio Quirinal. Por la calle en la que veníamos caminando hay muchos apartamentos y casas, pero en general es una calle tranquila y no muy concurrida porque es una calle que queda en lo que se conoce como una zona residencia. Eran más o menos las 4 de la tarde y veníamos hablando muy desprevenidamente con la hermana de mi amiga cuando un hombre en una bicicleta, vestido con una camiseta roja con azul que parecía de un equipo de fútbol porque era como brillante y pantaloneta negra, que venía por la mitad de la calle, nos alcanzó y pedaleando lentamente paralelo a nosotras comenzó a decir en voz alta: “pisss, pisss, lindas”, “pisss, pisss, a ver una miradita”, “pisss, pisss…”. Como es de costumbre, uno no le pone atención a esa clase piropos y por lo tanto no lo miramos a él, sino que nos miramos mutuamente y seguimos caminando y hablando. Hicimos lo que las mamás dicen que uno debe hacer en esos casos: “ignórelos mijita, porque eso no vale la pena ponerse a pelear con ellos para que lo respeten”. El hombre es su bicicleta avanzo rápido y al final de la cuadra se devolvió. Pero esta vez no por la mitad de la calle sino por el costado por donde nosotras veníamos caminando. Cuando se estaba acercando a nosotras, de frente y muy cerca, saco su pene y nos dijo: “miren lo que les tengo aquí”… Me pasó un frío por todo el cuerpo… la hermana de mi amiga me tomó del brazo muy fuerte, yo le tomé de la mano y nos detuvimos por un momento, nos miramos mutuamente y noté la cara de terror que ella tenía. Supongo que yo tenía la misma cara. Sin decirnos nada, reanudamos el paso y caminamos más rápido con la idea de que habíamos visto mal, de que esto no podía estar pasándonos y de que debíamos llegar pronto al apartamento. El hombre siguió de largo, pero nuevamente al final de la cuadra se devolvió y por detrás nos alcanzó, nos pasó por el lado y cuando nos había adelantado se volteó y nuevamente sacó su pene y se comenzó a masturbar… La hermana de mi amiga me frenó y con la misma cara de terror de hacía un minuto me preguntó: “qué hacemos?” Y a mí solamente se me ocurrió decirle: “nada, sigamos caminando y si se devuelve salimos corriendo”. Pero estábamos tan aterrorizadas, intimidadas, con miedo de que algo más nos pudiera pasar que entonces, sin esperar a que ese hombre volviera a pasar, salimos corriendo y no paramos hasta llegar al apartamento. Cuando entramos le contamos a mi mejor amiga lo que había pasado y entramos en un estado de nervios que no sé cómo describir. Solo pensaba en que ese hombre nos hubiera podido hacer no sé que cosas más y de solo pensarlo me sentí atemorizada… me sentí muy asustada, avergonzada y humillada. No quería salir de ese apartamento nunca más en mi vida, quería quedarme allí por siempre, escondida de hombres como ese. No me importaba pensar en quedarme recluida el resto de mi vida en un hogar que no era el mío, con tal de no tener que pensar en que algo malo en la calle me podía pasar. Le pedí a mi mamá que me recogiera esa tarde en el apartamento de mi amiga porque yo no quería volver a caminar por esa calle, ni por ninguna otra calle en Bogotá… ya han pasado muchos días y todavía no me siento capaz de salir a la calle sola.

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Me sentí humillada… ofendida.

Por Isabel

Soy una mujer adulta pero aún recuerdo un episodio que me pasó cuando era joven. Hace muchos años, cuando estaba embarazada de mi primera hija y me dirigía hacia mi trabajo en la Universidad de la Salle, iba subiendo por la calle 11 entre carreras 5ª y 4ª, cuando un tipo se me acercó y me dijo: “mamita, eso le pasa por dormir sin calzones”. Me sentí muy mal, muy mal… terriblemente mal. Me sentí además humillada… ofendida.
Hoy que pienso en el pasado y en ese episodio tan horrible, todavía siento pena… todavía no entiendo por qué a ese tipo se le ocurrió hacer referencia sobre mi bebé, sobre el hermoso ser que llevaba en mi vientre? Por qué se le ocurrio criticar y opinar sobre lo más íntimo de mí sexualidad? No veo por qué tenía que juzgar mi cuerpo, mi barriga, mi hija…
Hoy además de pena también siento rabia de pensar que no fui capaz de devolverme y decirle que me respetara y de paso que respetara a mi hija.

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Quedé anonadado e incómodo y fue ahí cuando realmente entendí…

Por Gregorio

Era un día entre semana, tal vez las 7 de la noche, iba en un bus de transporte masivo bastante risueño luego de haber ido en compañia de un amigo a “cotizar” unas bicicletas. Estábamos de pie y el bus no iba muy lleno. Allí iba también un hombre al que recuerdo muy bien vestido, tendría unos 50 a 60 años, lo recuerdo con mucha distinción. Un par de veces sentí que me observaba, pensé que seguro me parecía a alguien que conocía, a mi él se me parecía a un reconocido columnista…

El bus ya estaba por llegar a su destino final en el que yo me bajaba pero por lo visto el pasajero antes mencionado se bajaba antes. Justo antes de bajarse me susurró en voz baja “chao lindura” a lo que yo quedé simplemente anonadado e incómodo. Y bueno, repito que lo dijo en voz baja asi que seguro nadie se dio cuenta, tampoco me tocó o hubo contacto físico de ninguna manera. Era un hombre bien vestido y sin embargo no fue de ninguna manera halagador, no fue de ninguna manera una coquetería, fue simplemente incómodo, impertinente. Fue ahí cuando realmente entendí la humillacion cotidiana a la que son sometidas las personas víctimas de los piropos, que además no suelen ser dados por personas tan bien presentadas, ni de forma tan sutil, ni de forma tan inofensiva como el que recibi yo, un hombre heterosexual al que jamas se le hubiera ocurrido ser víctima de algo tan naturalizado.

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Estoy aburrida de ustedes!

Por María

Siempre que voy al gimnasio paso frente a una obra. Desde los andamios, casi siempre me gritan algo o me silban y se ríen, lo cual me incomoda muchísimo, hasta el punto que a veces he pensando en caminar 500 metros más para no pasar por ese lugar…

Varías veces he exigido respeto a los obreros, les pedí que no me molestaran, les expliqué que paso por ahí todos los días y que me gustaría circular en paz. Me ven siempre, y ya me reconocen. Ayer me empezaron a gritar de todo y uno de ellos decidió burlarse de mí, puso voz de mujer y dijo “ayy no me molesten”. Me llené de ira.

Frené, me acerqué, y les dije. “Disculpen,estoy aburrida de ustedes, me van a seguir faltando el respeto? Saben qué, soy abogada (mentira…), qué quieren? que tome los datos de la constructora, que ponga una denuncia y los echen del trabajo? Diganme, eso quieren? Quieren probar a ver qué pasa? Porque ya estoy aburrida, y los tengo filmados a todos en mi celular (mentira, pero no saben).”

Los tipos se quedaron mudos y empezaron a trabajar mientras yo terminaba de hablar, sin mirarme, sin mirarse entre ellos. Parecían asustados. Más tarde volví a pasar y nadie me dijo nada. Vamos a ver hoy más tarde a ver qué pasa. Si me vuelven a acosar, esta vez voy a tomarme el tiempo de tomar los datos de la obra y llamar a la constructora. Y si siguen, llamaré a una abogada de verdad y tomaré alguna acción.

Me he quejado de esto hablando con algunos amigos y me dijeron que no me amargara, que esto era “normal” y que era peor si les hablaba. Les dije que por más que fuera normal no siginificaba que estuviera bien, y que si no hacíamos nada, las cosas nunca iban a cambiar.

Por eso es importante que exijamos respeto, que hagamos entender a los demás que el acoso callejero no está bien y que no es un halago, es una forma de restringir nuestra libertad de circular en paz y de sembrarnos temor.

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“Respete, imbécil”

Por Claudia

“Cómo estás de linda”, me dijo un muchacho mientras yo paseaba un domingo por mi barrio en compañía de mi mamá. Apenas escuché el comentario, volteé a ver su cara, sus ojos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo. Yo entonces sólo atiné a decirle “imbécil!”

Mi madre me preguntó por qué me molestaba, pues según ella sólo había sido un piropo. Yo le dije que los piropos me fastidiaban, y que quienes hacían esta clase de comentarios en verdad no deseaban coquetear ni cortejar a nadie, si así fuera, se te acercarían de otra manera e intentarían pedirte tu teléfono.

Como sea seguimos el recorrido. Mi mamá quería comerse un helado, lo compró. Mientras lo estaba comiendo -como se comen los helados- un señor le dijo “huy, pero como lo chupa de rico”, a lo que ella en seguida sólo atinó a decirle “respete, imbécil!”
Mi mamá tiene 50 años, yo 20.

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“Me pregunto qué les pasa por la cabeza”

Por Sandra

Hoy mientras caminaba por la calle, a un tipo le pareció gracioso silbarme repetidamente (con la típica cara de pervertido) mientras esperaba que el semáforo cambiara de color. Y sonreía mientras tanto, entre silbido y silbido.

Me detuve y le dije “Qué le pasa, tiene algún problema? Le pasa algo?” dejándole ver con el tono que estaba molesta.

El tipo entonces dijo “nooo nooo nada nada”. Yo entonces seguí caminando y cuando estaba más bien lejos de él, empezó a silbarme otra vez….

Me pregunto qué les pasa por la cabeza, sinceramente…

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