Acoso es violencia, también para ellos

El abuso y el acoso sexual hacia hombres es un tema del que poco se habla. A raíz de los dos casos que se han mediatizado en los últimos días, se han evidenciado las posturas alrededor de este tema y surgido también interrogantes.

Caso 1.

Edwin Mejía Cuartas, el 27 de mayo, publicó desde su perfil de FB un vídeo donde cuenta como fue acosado en el metro por una mujer quién además tocó sus genitales. Él lo relata como una ‘situación bastante incómoda’, a la que no supo reaccionar ni cómo responder, quedó en ‘shock’ y se sintió mal. En medio de su relato reflexiona que ‘la sociedad nos ha enseñado que suele ser al contrario, que son los hombres los que acosan a las mujeres, pero esta vez yo sentí algo así’.

Rápidamente el vídeo se viralizó y los comentarios no se hicieron esperar. Algunos dudan de la veracidad de su relato, otros le recriminan no haber sacado provecho de la situación. A la mayoría simplemente le causa gracia. Pero también se encuentran manifestaciones de apoyo, hombres que comparten experiencias similares a la suyas y voces de aliento y admiración por no guardar silencio.

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Caso 2.

Una profesora de inglés en Houston (Texas) abusó durante casi un año de un joven de 13 años con consentimiento de los padres del menor. Empezando con el título de la noticia el tratamiento que se da a este caso de abuso sexual es errado. Por otro lado, las fotografías de la profesora dan pie a comentarios sobre su aspecto físico y lo afortunado que debía sentirse el joven abusado.

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Como en el caso 1, los comentarios toman varias direcciones. Muchos, señalan jocosamente que habrían querido tener una profesora como ella, mientras otros condenan la doble moral de juzgar positivamente a una abusadora por ser mujer y atractiva.

De lo anterior podemos sacar algunas conclusiones:

Los hombres también son parte de la cultura de la violación que culpa a la víctima del abuso que sufre. En el caso de Edwin Mejía, se desconfía de su testimonio y se le culpa por no haber sido capaz de actuar en el momento aun cuando reiteró que quedó en ‘shock’. En el caso del niño de 13 años se minimiza su experiencia al exaltar los atributos físicos de la profesora que abusó sexualmente de él.

Las características socialmente atribuidas a la masculinidad dejan a los hombres en situación de vulnerabilidad en lo que se refiere al abuso. La escasez de testimonios al respecto no significa que no haya numerosas experiencias de acoso hacia hombres, sino que debido a prejuicios sociales prefieren callárselos. El miedo a ser tildados como afeminados, maricones o débiles, los persuade de denunciar.

Lo anterior está profundamente arraigado con la forma en que se ha construido socialmente la masculinidad.

La masculinidad debe ser entendida como un proceso reiterativo, como un ideal en el que se debe trabajar constantemente; es un proceso de negociación permanente ““que se inicia desde la infancia y se prolonga a lo largo de la vida y en la cual intervienen tanto los juicios de los ‘otros significativos’ como las propias orientaciones y autodefiniciones.” (Viveros, 2002: 122) Los otros significativos que menciona Viveros son principalmente otros hombres. Las mujeres son el otro que representa la no masculinidad o los receptáculos de muchas de las acciones reafirmantes de la masculinidad.  Esta concepción de la identidad masculina como un proceso, ubica la masculinidad como un ideal por el que se trabaja a lo largo de la vida, al que no se llega nunca realmente, pero del que es muy fácil alejarse. Probar constantemente el nivel de masculinidad es un proceso costoso física y emocionalmente para los hombres concretos que la viven, siendo la violencia un elemento central en esta.

Los hombres son educados para saber manejarse violentamente en sociedad, estar preparados para responder a la violencia con violencia y a tener cuerpos aptos para pelear. De hecho, prácticas consideradas masculinas son netamente violentas y ponen en peligro las vidas de los hombres, como las carreras de autos y las peleas. Anastasia Téllez pone de relieve la “mayor tendencia masculina a manifestar comportamientos violentos, arriesgados o competitivos, aspecto que se refleja en un mayor índice de mortalidad de los hombres en comparación con el de las mujeres, por motivos de accidente o violencia” (Téllez, 2011: 94) Para no descender en la escala de la masculinidad deben estar dispuestos a defenderla todo el tiempo, y pocas veces se pone en consideración la desventaja física o el estado emocional de los implicados.

Los hombres están obligados socialmente a reiterar constantemente que son merecedores del lugar de privilegio ocupado por la masculinidad. Si no lo hacen corren el riesgo de descender en la escala jerárquica y ubicarse en el lado de lo femenino, que es considerado inferior, subyugado y de menor valía.

Volviendo a los dos casos que han generado estas discusiones, reiteramos que los hombres también son violentados sistemáticamente, no sólo por mujeres sino también por otros hombres. El acoso es violencia provenga de quien provenga y no debe ser tolerado, ni normalizado, ni convertido en burla.  El primer paso, siempre, es la visibilización, romper el silencio, poner en evidencia, apoyarnos entre todos y todas.

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