Mitos

Mito #1. El acoso en las calles es parte del derecho a la libre expresión.
No es cierto, todos los derechos tienen límites. Los derechos de los demás terminan donde comienzan los propios. El derecho de alguien a expresarse libremente en la calle termina en donde comienzan mis derechos a la intimidad, la honra, la dignidad y el libre tránsito, entre otros. Por lo tanto nadie tiene ningún derecho a opinar sobre mi físico o apariencia, o a tocarme, o a irrumpir mi espacio privado en la calle de forma que atente contra mis derechos. Si el derecho a la libre expresión que contempla el artículo 20 de nuestra Constitución Nacional no tuviera límites, entonces no existirían algunos delitos, como por ejemplo el delito de calumnia. Un calumniador es una persona que libremente expresa que cree que otra persona cometió un delito cuando en realidad no lo cometió. Por poner un ejemplo, que un vecino diga a todo el barrio que otro vecino le robó el carro, cuando no es cierto.  El vecino que acusó hizo uso de su derecho a la libre expresión pero al mismo tiempo calumnió al vecino inocente y por ello puede ir a la cárcel. Entonces no es tan cierto que el derecho a la libre expresión nos autoriza a decir y hacer TODO lo que queramos, porque recuerde que los derechos tienes límites y las personas tiene responsabilidades.

Mito #2. El acoso en las calles no puede ser combatido porque es “algo cultural”.
El acoso callejero sí es algo cultural, es parte de nuestra “cultura” machista y homofóbica que por siglos ha visto a los miembros de la comunidad LGBT como “cosas raras”, como seres “desviados” o enfermos y a la mujer como un objeto del deseo masculino, como un simple par de senos o un buen trasero a disposición del placer sexual masculino, y  no como lo que realmente somos todos: sujetos. Sujetos con derechos, con cerebro, con sentimientos y dueños de nuestro propio cuerpo. Pero hoy en día esa costumbre “cultural” va en contravía de nuestros derechos y por lo tanto es un mito pensar que el acoso callejero debe ser soportado y tolerado por el resto de la sociedad. Puede ser que en el pasado, cuando a las mujeres y los miembros de la comunidad LGBT no les era reconocido ningún derecho, el acoso callejero era una expresión cultural muy apropiada para su tiempo. Pero hoy no, la cultura ha cambiado y el acoso callejero es una costumbre vulgar, incómoda, que atenta contra la dignidad e intimidad de los transeúntes y por eso hay que combatirla. Es como las corridas de toros que en el pasado fueron una “gran expresión cultural” pero hoy no son más que espectáculos sangrientos y crueles con los animales, por lo que en muchos países del mundo hoy están prohibidas. Las culturas cambian y con ello lo “cultural” de cada una.

Mito #3. El piropo es solamente un halago inocente!
El piropo no es un halago inocente y no sería acoso si fuera solamente un halago. El piropo es una invación al espacio privado de otra persona y es uno de las múltiples formas de acoso callejero. El acoso en las calles sucede cuando las palabras o acciones son forzadas sobre el otro sin su consentimiento o aprobación.  Son iniciadas por un sentido de derecho y falta de respeto por los demás. Los acosadores no buscan halagar o crear relaciones de beneficio mutuo; buscan intimidar y molestar a los otros. Recurren a insultos, hostigamiento, amenazas o actos de violencia para imponer su palabra sobe los demás. Por eso no hay nada de inocente ni halagador cuando “manoseas” a otro, cuando opinas sobre su apariencia si que te pregunten, cuando te metes en el espacio privado e un transeúnte sin que te lo haya pedido.

Mito #4 Así son los hombres, acéptenlo.
Realmente no. El acoso callejero no es una práctica de todos los hombres, no todos son así y por lo tanto no estamos obligados a aceptarlo. Son solamente algunos hombres que son acosadores y, en las últimas décadas, también hay algunas mujeres. Pero no es una conducta natural. No debemos aceptar algo que no es cierto ni dar por sentado que es normal simplemente porque son conductas que se han realizado por décadas. El acoso callejero ni siquiera es parte de la sexualidad masculina pues hay muchos hombres que no acosan. Son comportamientos aprendidos, tal vez adquiridos desde niños y cultivados en la adolescencia, que son difíciles de cambiar pero como no son parte de la naturaleza humana se puede cambiar. El respeto, al final de cuentas no es un concepto masculino ni femenino, es un concepto social.

Mito #5. A los hombres “hetero” les encantaría ser acosados por mujeres.
La afirmación de que a los hombres heterosexuales les encantaría ser acosados por mujeres no tienen ningún sustento estadístico como para creer que se acerca en algún grado a la realidad. Por el contrario, nuestra experiencia de la vida diaria en Atrévete Bogotá Hollaback nos muestra que varios hombres no se atreven a acosar a nadie en la calle porque no quieren ser luego ellos objeto de ese acoso. Y también, que a muchos hombres no les gusta que una desconocida los “manosee”, los persiga, opinen sobre su físico, les silbe, les grite desde la otra esquina, los intimide, etc. porque eso los “desespera”. De hecho, siempre que una mujer se les ha presentado así es catalogada como “vieja loca” o “intensa”. Así que no encontramos el menor sustento en esa afirmación y hasta que no haya un estudio que involucre a gran parte de la población bogotana es un mito creer que a los hombres heterosexuales les encantaría ser acosados. Creemos que la imagen del hombre que quiere ser acosado es solamente una construcción idealizada de que el hombre “macho” siempre está dispuesto a querer tener sexo. Lo que también es un mito porque los pocos hombres que conocemos que han sido acosados nos han dicho que en vez de desear a la mujer que lo acosa, se sienten amenazados por ella.

Mito #6. Si el acosador es atractivo  o de clase alta entonces no nos molesta que él nos acose.
La violación de nuestros derechos a la intimidad, la honra, la dignidad y el libre tránsito, entre otros, no es producto de la apariencia física o de la clase social del acosador, sino de sus actos. Que un extraño en la calle convierta tu cuerpo en un objeto de crítica, que te persigan, sentir la mano de un desconocido en tu trasero o en tus senos o en tus órganos genitales, escuchar palabras vulgares e insultos por tus preferencias sexuales,  etc., es humillante desde el acto y no cuando volteas a mirarle la cara al acosador. Una cara bonita o un traje fino no compensan la falta de respeto y el hostigamiento producto del acoso callejero. Es como decir que una violación sexual no es dolorosa si la perpetúa un tipo “buenísimo”.

Mito #7. En el fondo y secretamente las mujeres disfrutan del acoso callejero.
No es cierto que las mujeres disfrutamos del acoso callejero. De ser así no nos sentiríamos intimidadas e inseguras en la calle cuando detectamos un acosador, ni tampoco nos sentiríamos humilladas después de sufrir un acoso callejero. Por el contrario, buscaríamos la manera de generar encuentros con los acosadores en vez de evitarlos o salir corriendo cuando podemos. Quienes piensan que el acoso callejero nos produce gozo y no miedo desconocen profundamente nuestra sexualidad. Para explicarlo, pensemos en el siguiente hecho: nuestros abuelos en su ignorancia frente a la sexualidad femenina creían que cuando le preguntaba a la esposa si quería tener sexo con él y ella decía que no era porque quería hacerse la difícil y entonces entendía que el no significaba si, y que el si significaba que quería mucho. Tiempo después en Colombia se tipificó el delito de violación marital, o sea, se convirtió en delito el acto en el que un esposo tiene relaciones sexuales con su esposa después de que ella le ha dicho que no quiere tenerlas. Uno que otro iría a parar a la cárcel por ello. Pero parece que solo así las generaciones de hombres casados posteriores a la de nuestros abuelos, aprendieron un poquito sobre nuestra sexualidad femenina y entendieron que cuando su esposa dice no, significa no. Solo esperamos que los que creen que las mujeres gozamos del acoso callejero no tengan que esperar a llegar a la cárcel para que entiendan que no queremos que nos sigan acosando porque no lo disfrutamos, sino que por el contrario aprendan ya que sus acosos nos humillan y nos producen miedo.

Mito #8. “Mírale la pinta!” Si te acosan es porque te lo has ganado.
Debido a que el acoso en las calles sucede en todo el mundo (pasando por países en donde las mujeres deben vestir burkas) realmente no se puede culpar por el acoso a lo que una persona trae puesto, incluso si la pinta resulta muy “mostradora” o muy “gay”. Los estudios de Holly Kearl y las miles de historias compartidas en los diversos Hollaback que hay a través de todo el mundo, demuestran que no importa si traes puesta una chaqueta gigante, si el acosador quiere acosar el acoso igualmente sucede. Esto es porque el acoso no tiene que ver con sexo, sino con las relaciones de poder entre hombres, mujeres y miembros de la comunidad LGBT.

Mito #9. El acoso en las calles solo les sucede a los/las jóvenes y atractivo/as.
Como lo mencionamos anteriormente, el acoso no tiene que ver solo con el sexo, sino con las relaciones de poder. Si el acoso en las calles se tratara de conseguir citas, sería como lo describe el autor Marty Langlan “una estrategia espectacularmente ineficiente”. En cambio, el acoso en las calles intenta poner a las personas “en su lugar”. A veces es sexual, a veces tiene que ver con la raza, a veces es homofóbico, y a veces es todo lo anterior. Si te han acosado, ¡comparte tu historia!
El acoso en las calles le sucede a todo tipo de personas. TODO TIPO. Quizás no siempre tenga una connotación sexual- aunque este movimiento fue inspirado por ese tipo de acciones y comentarios-pero le puede pasar a cualquier persona, a cualquier hora y en cualquier lugar.

Mito #10. Cualquiera que se queje del acoso en las calles es una odia hombres/ quema brassieres/ psicofeminazi/ que odia la libertad de expresión/que necesita un hombre/falta de sexo/fea (Sí, lo dijimos…ya que muchos lo piensan)
La gente que sufre de acoso viene de todas naciones, razas, religiones, posiciones políticas, estatus de relación, niveles académicos, orientaciones sexuales, identidades de género,  capacidades, niveles socioeconómicos, etcétera y etcétera. 

Para ser honestos, una de las cosas que muchas personas tienen en común es el hecho de que les desagrada el acoso en las calles en cualquiera de sus múltiples y horribles formas porque a casi nadie le gusta sentirse humillado, frustrado, manoseado, violentado o abusado. La mayoría queremos ver una sociedad global, mas segura y equitativa, queremos vivir nuestras vidas sin sucumbir al miedo. No quieres eso tu también?